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miércoles, 21 de febrero de 2018

A 170 AÑOS DEL MANIFIESTO COMUNISTA

(Matías Maiello - La Izquierda Diario).- El 21 de febrero de 1848, se publicó por primera vez en Londres el Manifiesto Comunista. Escrito por Marx y Engels, fue una de las obras más difundidas y que más influenció el curso de la historia.
 

Marx y Engels, dos revolucionarios
El Manifiesto Comunista no es solo una gran obra literaria sino un documento teórico, programático y estratégico con el que Marx y Engels se proponían contribuir a armar a la clase obrera que, por aquella época comenzaba a mostrar su ímpetu revolucionario. Para ambos no se trataba solamente de entender la realidad sino también de transformarla de forma revolucionaria.
Cuando escribieron el Manifiesto, Marx y Engels tenían respectivamente 29 y 27 años y estaban exiliados en Bélgica. Dirigían una organización internacional: “La Liga de los Comunistas”. El Manifiesto fue una resolución encomendada por la Liga a los dos jóvenes revolucionarios. Por eso se llama “Manifiesto del Partido Comunista”.
Federico Engels fue el que elaboró el primer borrador del libro, el cual se conoce como Principios del Comunismo. Sin ánimo de comparar, siendo la versión final sin duda la mejor, el primer borrador contiene partes magníficamente planteadas, y por sobre todo dialogadas, que sin quedar en la versión definitiva valen la pena ser leídas.

A fines de 1847, Europa atravesaba una profunda crisis económica que trajo tremendas privaciones y sufrimientos a los trabajadores y campesinos. La situación era insostenible, parecía que todo iba explotar. El temor al “comunismo” era patente entre las clases dominantes. Cuando el Manifiesto dice “un fantasma recorre Europa, el fantasma del comunismo”, era una realidad.
Tres días después de su publicación, los obreros de París levantaron barricadas en toda la ciudad, provocando la caída del reinado de la aristocracia financiera de Luis Felipe de Orleáns y la proclamación de la Segunda República. En las semanas siguientes la revolución se extendió por Europa. Los gobiernos reaccionarios eran obligados a dimitir o eran jaqueados por la movilización popular.
El Manifiesto no llegó a influenciar los acontecimientos pero anticipó y explicó la nueva época histórica. El proletariado francés, a pesar de su derrota, mostró por primera vez la irrupción de la clase obrera como sujeto revolucionario.
Marx y Engels intervinieron directamente en estos procesos en territorio alemán siendo perseguidos por el Estado. Marx fue expulsado de Prusia. Engels, con 29 años, se convertiría en dirigente de una de las milicias que lucharían hasta el final en la región del Palatinado. De ahí le quedaría el apodo de “el general” y su interés por los asuntos militares.

La historia como historia de la lucha de clases
Como punto de partida, el Manifiesto plantea una tesis que no solo va a cobrar un gran valor teórico sino que va a marcar la acción de millones de trabajadores en todo el mundo desde aquel entonces: “la historia de la humanidad [cuando alcanza un determinado nivel de desarrollo] es la historia de la lucha de clases”. El concepto de lucha de clases ya estaba presente en historiadores franceses anteriores, en teóricos como Saint Simon. Pero Marx y Engels precisan el concepto para el análisis de la lucha de clases bajo las condiciones específicamente capitalistas, donde los protagonistas fundamentales de esta lucha son la clase obrera y la burguesía, lo que no implica que sean las únicas clases, desde luego. Para los autores del Manifiesto este antagonismo es irreconciliable.
No es entonces el entendimiento entre las clases, la búsqueda del “bienestar común” como proponen todo tipo de reformadores, o determinados valores “eternos”, los que mueven la historia sino el conflicto entre clases con intereses materiales contrapuestos. La teoría de la lucha de clases se opone así a la teoría de la conciliación entre las clases en todas sus variantes.
La explotación como fundamento del sistema capitalista
“La clase de los obreros modernos –dice el Manifiesto- tan solo puede vivir a condición de hallar trabajo y tan solo pueden hallar trabajo a condición de que este acreciente el capital.” Los obreros están “obligados a venderse uno a uno como piezas, son una mercancía como cualquier otro artículo de comercio…”. De esta forma Marx y Engels comenzarán a develar el fundamento del sistema capitalista basado en la explotación de los trabajadores.
Sin embargo, no será sino hasta años después de publicado el Manifiesto que Marx planteará explícitamente que el obrero no se vende a sí mismo (no es él mismo una mercancía), ni tampoco su trabajo (lo que produce) sino que vende su “fuerza de trabajo” (su capacidad de poner en movimiento sus músculos, nervios y cerebro). De esta forma el obrero le vende su fuerza de trabajo al capitalista que la combina con maquinas y materias primas, poniéndola a trabajar, por ejemplo, por una jornada de 8 horas. Con una parte de su trabajo, supongamos 4 horas, el obrero repone lo que el capitalista gasta en su salario. Pero el obrero vendió su trabajo por una jornada completa con lo cual está obligado a seguir trabajando. Estas horas trabajadas por encima de la cantidad necesaria para reponer su salario, Marx las llamó plusvalía. Se trata de tiempo de trabajo que el capitalista roba al trabajador y que constituye la única fuente de ganancias de los capitalistas.
El comunismo: movimiento real y programa
Marx y Engels señalan en el Manifiesto que "Las proposiciones teóricas comunistas no responden a ideas ni a principios descubiertos por ningún redentor de la humanidad; son expresión al contrario de condiciones materiales de una lucha de clases real y vívida, de un movimiento histórico que se está desarrollando a la vista de todos…” Es decir, el comunismo no es sólo una idea sino un “movimiento real” que se expresa en la lucha constante de la clase trabajadora por liberarse de la imposición del trabajo. Desde “robarle” minutos al patrón y a la máquina, desde las luchas históricas por la reducción de la jornada laboral o el control obrero hasta los grandes procesos revolucionarios donde la clase obrera lucha por el poder.
El comunismo también es un programa, un objetivo a conquistar: una sociedad sin clases sociales, sin Estado, sin explotación y sin opresión. Tiene bases materiales profundas en el desarrollo de las fuerzas productivas (maquinarias, organización del trabajo, destreza de los obreros, etc.) bajo el capitalismo. A condición de poner los enormes avances de la ciencia y de la técnica al servicio de las necesidades sociales y no de la ganancia. De esta forma será posible disminuir el tiempo que cada individuo dedica al trabajo y que las personas puedan dedicar sus energías al ocio creativo (la ciencia, el arte y la cultura) y desplegar así todas las capacidades humanas.
Una estrategia conciente
El comunismo es entonces dos cosas: un “movimiento real” que se desarrolla “a la vista de todos”, y un objetivo, el de una nueva sociedad comunista conformada por productores libres asociados. Pero el antagonismo que se expresa en la lucha de la clase trabajadora por liberarse del trabajo como imposición no lleva automáticamente a la conquista del comunismo. Para ello es necesaria una organización política con la estrategia consciente de la revolución social. Un partido revolucionario que luche por el poder de los trabajadores como condición para avanzar hacia el comunismo. Por eso Marx y Engels no se dedicaron a la militancia en general sino a la militancia revolucionaria.
En el siglo XX el papel de la vanguardia comunista será aún más importante. El surgimiento del imperialismo como nueva etapa del capitalismo dio nuevas bases materiales para los sectores conciliadores con la burguesía dentro del movimiento obrero. Surgió una “aristocracia obrera” en los países que oprimían a otras naciones y se desarrolló extendidamente una burocracia. Lenin, dirigente de la Revolución Rusa de 1917, desarrolló esta cuestión planteando la necesidad de conformar partidos revolucionarios de la clase obrera, independientes política y organizativamente de aquellas corrientes reformistas y también de las “centristas” que oscilan entre los reformistas y los revolucionarios.
¿Qué caracteriza a los comunistas?
Para Marx y Engels, los comunistas “no tienen intereses propios que se distingan de los intereses generales del proletariado”. Lo que distingue a los comunistas dentro del “movimiento real”, dice el Manifiesto, es que defienden “los intereses comunes y peculiares de todo el proletariado, independientes de su nacionalidad”; que “mantienen siempre el interés del movimiento enfocado en su conjunto”; que son “prácticamente, la parte más decidida” y “teóricamente, llevan de ventaja a las grandes masas del proletariado su clara visión de las condiciones, los derroteros y los resultados generales a que ha de abocarse el movimiento proletario”.
Es decir, además de su teoría y su programa revolucionario, para Marx y Engels los comunistas se distinguen por su acción, por ser los “más decididos” en la lucha de clases. Estando a la vanguardia de los combates reales y cotidianos los comunistas podemos forjar un partido capaz de conquistar la dirección del “movimiento real” para una estrategia y un programa revolucionario de conquista del poder de los trabajadores como paso indispensable en la lucha por el comunismo.
Por otro lado, un punto fundamental que distingue a los comunistas para el Manifiesto es el internacionalismo, el defender los intereses comunes de la clase obrera “independientemente de su nacionalidad”. Esta concepción tenía bases profundas en Marx y Engels, eran conscientes del carácter mundial de las fuerzas productivas y de la clase obrera misma, que posee intereses comunes por encima de las fronteras y las divisiones que le impone la burguesía. A su vez, sabían que la burguesía cuenta, por esto mismo, con sus propias instituciones al servicio de mantener la opresión de los pueblos.
Marx y Engels participarían en 1864 de la fundación de la Asociación Internacional de Trabajadores, conocida también como la Primera Internacional. Luego en 1889, Engels (Marx ya había fallecido) funda la Segunda Internacional. El siglo XX no haría más que confirmar el planteo del Manifiesto, la importancia del internacionalismo y la imposibilidad de construir “el socialismo en un solo país”.