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martes, 20 de marzo de 2018

ABYA YALA, MÁS QUE UN NOMBRE

(Por AIM Digital).- Entre todos los nombres que los pueblos de nuestro continente dieron al territorio donde sus ancestros llegaron hace quizá 40 milenios, un congreso de sus representantes eligió en Quito en 2004 “Abya yala” para sustituir a “América”, impuesto por la invasión europea. No es solo un cambio de designación; es una necesidad, sentida y valorada como la llegada del día, de revertir los hechos infames a que han sido sometidos en una noche de cinco siglos, de volver a ser ellos mismos, de recuperar su ser, su identidad, su dignidad y su vida: seres humanos como todos y no “indios”.




Abya Yala no es solo un cambio de designación; es una necesidad, sentida y valorada.

Según se mire

Un misionero protestante holandés en África narraba que un grupo de médicos de la ONU, para arrebatar cuerpos a la enfermedad, visitaron la aldea donde él trataba de arrebatar almas al diablo.

Pasaron una película que acababan de tomar en otra aldea para mostrar algunas condiciones que a los médicos les parecían propicias para favorecer enfermedades, con el propósito de ilustrar y hablar de prevención. Cuando terminó la proyección, les preguntaron a los aldeanos qué les parecía la película, qué habían visto: la respuesta fue: cero, nada en absoluto.

Las técnicas de corte y montaje, el lenguaje al que el cine y la tv nos tiene acostumbrados desde los tiempos de asombro de los hermanos Lumière, para ellos era nuevo y no podían hilvanar una escena con la siguiente.

Pero todos dijeron que habían visto un gallito de una especie autóctona levantar vuelo. Eso no lo vieron los sanitaristas. Rebobinaron y pasaron la película cuadro por cuadro, hasta que apareció el gallo en un vuelo brevísimo en un ángulo del cuadro. Es decir, cada cual ve lo que puede, sabe o está condicionado para ver. “Lo que hay”, o más ambiciosamente “el hombre como es” son expresiones demasiado ambiciosas.

El problema se suscita cuando alguien dice que solo lo que él ve existe, vale y merece ser impuesto a todos mediante la educación, la persuasión, la manipulación o la fuerza. Ese es el lenguaje del poder, que pretende decidir por sí qué hay y qué es.

Así se han impuesto en nuestro continente la religión del emperador Constantino, las doctrinas económicas derivadas de la evolución social europea, los idiomas nacidos de la entraña romana o germana, los modos de pensar decantados en la Grecia clásica, etc, etc. Y se pretende todavía calzar acá las soluciones a los problemas pergeñadas allá.

¿Qué es ese ruido?

Después de Hiroshima, los norteamericanos invitaron a un gran director de orquesta japonés a escuchar música occidental, casi desconocida en el Japón entonces. Después de la ejecución de la quinta sinfonía de Beethoven, la respetuosa opinión de japonés fue que lo mejor estuvo al principio.

No se refería a los cuatro golpes del destino que inician la gran obra, sino a los ensayos previos de la orquesta, al momento de la afinación. Esos sonidos eran los únicos que sus oídos podían identificar como musicales y entender de alguna manera.

Por encima de las grietas

El historiador Juan José Rossi, bonaerense radicado hace mucho en Entre Ríos, hace ver que en la sociedad internacional o mundial, existen sistemas contrapuestos, diversos tipos de “grietas”, antinomias de pensamiento, modos diferentes de estar en el mundo… que nos llevan a plantearnos ciertas preguntas, ya sea desde la propia realidad mirando a ese mundo macro, ya desde presupuestos que se quiere o puede imponer a los demás como superiores, mejores, se trate de individuos, sociedades o sistemas religiosos, políticos y /o culturales.

Luego Rossi menciona un artículo del español Abdennur Prado sobre la compatibilidad del Islam con la modernidad y juzga que su contenido es adecuado “para pensar y aplicar a nuestra Abya yala (“América” según el invasor y apropiador europeo a partir del siglo XVI) tratando de buscar y encontrar nuestra senda”

Modernidad niveladora

Ese artículo de Prado trata de contestar la pregunta, que oye formular con frecuencia en España, de si es compatible la modernidad con el Islam. Prado pone en sus límites la palabra “modernidad”: “Tan moderno es un aborigen de Australia como un taxista de New York. De hecho, son contemporáneos. Sin embargo, la pregunta reduce lo moderno a la modernidad occidental, entendida como paradigma de todo “lo moderno”, la Modernidad par excellence.

Aquí, lo moderno/occidental se opone a lo anticuado/no occidental. Si consideramos al aborigen australiano como no moderno, estamos relegando al aborigen a ser algo que debe superarse. Lo estamos condenando en vida al ostracismo. Esa es de hecho la ideología dominante en el planeta, según la cual el paradigma al cual deben adaptarse todos los pueblos es el de la “modernidad occidental”. En este punto, la carga ideológica de la pregunta puede ser contrarrestada mediante otra pregunta: “Depende, ¿con qué modernidad?”

Pero esta contra-pregunta no nos satisface, parece una negativa a entrar de lleno en el tema que se nos propone. La pregunta se basa en un estereotipo previo, en el cual los dos términos aparecen enfrentados. En esta dualidad, el islam representaría el atraso o lo arcaico, mientras la “modernidad occidental” queda identificada con el progreso.

Aquí se desvela otro componente ideológico implícito a la pregunta: la idea de progreso. La pregunta lleva implícita la idea de que el progreso (representado por la modernidad occidental) es bueno. Lo cual es algo que merece discutirse, por lo menos debemos meditarlo antes de contestar afirmativa o negativamente a la pregunta.

Pues por poca cultura que tengamos no podremos eludir el hecho de que la modernidad occidental ha engendrado algunos de los más grandes males de la historia. Teodoro Wiesengrund Adorno (filósofo alemán de la escuela de Frankfurt) vio la Shoá como un fruto genuino del desarrollo de la Modernidad. Y Agamben considera el campo de concentración como el paradigma biopolítico de lo moderno.

En vistas a un mejor esclarecimiento de la pregunta, podemos formular otra contra-pregunta: ¿qué modernidad occidental? O, de forma más directa: ¿forman parte Auschwitz e Hiroshima de la “modernidad occidental”? ¿Y la destrucción de la naturaleza operada desde un paradigma científico-técnico? En el caso de que no se las considere como partes: ¿de qué historia forman parte? O, para ser más actuales (más modernos): ¿forma el hambre de ochocientos millones de personas parte de la modernidad?

Si no forma parte de la Modernidad par excellence, ¿cómo se explica que los países del hambre estén bajo el control del sistema financiero internacional? De ahí pueden saltar las preguntas como chispas: ¿es el Banco Mundial parte de la modernidad occidental? Si no forma parte, ¿dé que otra cosa forma parte? En caso de que forme parte, ¿se nos está preguntando si el islam es compatible con el Banco Mundial y el hambre de ochocientos millones de personas?”

Estas apreciaciones de Abdennur Prado nos permiten insistir en la vigencia de los saberes propios de nuestro continente. Y reconocer que lo que está en juego no es meramente el nombre de un continente, sino una singularidad, una concepción, un estilo, un sentido superior que da sentido a todas las cosas y que no puede ser endicado indefinidamente por la fuerza sin ideas pero con intereses.

Abya yala, nuestra era

La cultura kuna, de la que deriva el nombre “Abya yala” sostiene una doctrina cíclica que tiene equivalentes en todo el mundo. Para los kuna ha habido cuatro etapas en la tierra, cuatro ciclos o grados de existencia universal, y a cada una corresponde un nombre distinto de la tierra conocida mucho después como América: Kualagum Yala, Tagargun Yala, Tinya Yala, Abya Yala.

El último nombre significa: territorio salvado, preferido, querido por Paba y Nana, y en sentido amplio también puede significar tierra madura, tierra de sangre.

Así esta tierra se llama “Abia Yala”, que se compone de “Abe”, que quiere decir “sangre”, y “Ala”, que es como un espacio, un territorio, que viene de la Madre Grande.

Un congreso de pueblos originarios a principios del siglo XXI en Quito decidió con consentimiento de los kuna llamar “Abya Yala ” a América, que por ahora sigue llevando sin ninguna justificación el nombre derivado de Américo Vespucio.

Quién era Vespucio

Sobre las calidades personales de Vespucio, vale recordar algunas que le atribuyeron personalidades destacadas a lo largo de estos siglos:

El historiador británico de origen español Felipe Fernández Armestoa: “Vespucio no era en realidad un gran cosmógrafo, pero lograba convencer a la gente de que lo era”.

Fray Bartolomé de las Casas, denunció a Vespucio como “mentiroso” y “ladrón”. El historiador escocés William Robertson llama a Américo Vespucio “un feliz impostor” en su obra “Historia de América”.

En 1817 el geógrafo portugués Manuel Ayres de Cazal: (…) parece increíble que el rey Don Manuel (de Portugal) mandase buscar fuera del reino a un navegante para ir en una escuadra suya a un país adonde ya habían ido y vuelto navíos suyos gobernados por pilotos de sus reinos.

(…) [Vespucio] dejó a la posteridad tres relaciones en dos cartas y un sumario, que substancialmente no pasan de otras tantas meras invenciones encaminadas a exaltar su propio nombre y a ser reconocido por sus compatriotas por descubridor del hemisferio occidental.”

El historiador español Martín Fernández de Navarrete hacia 1830 escribe en una carta a un colega suyo: “Si hay noticias [de Vespucio] desde 1496 a 1505 especialmente, convendría mucho, para seguirle el rastro y saber si, en efecto, estuvo en los dos viajes con Alonso Hojeda, porque ciertamente él no los hizo con mando propio y orden del rey, como lo supone y finge en sus relaciones latinas (sic), que divulgó por todas partes para usurpar a Colón la gloria del descubrimiento del continente que, por su astucia, logró darle del suyo, el nombre de América.”

El matemático, astrónomo y periodista Duarte Leite en su obra Descobridores do Brasil manifiesta: “Este personaje fatuo no pasa de ser un novelista mentiroso, navegante como los había a montones, cosmógrafo que repetía ideas de otros, falso descubridor que se apropió de glorias ajenas. A pesar de esto, consiguió impresionar a generaciones de hombres cultos que se desvelaron tratando de interpretar fantasías y dar sentido a sus disparates.”

El poeta y filósofo estadounidense Ralph Waldo Emerson escribió en 1856: “Extraño…que toda América deba llevar el nombre de un ladrón. Américo Vespucio, el vendedor de encurtidos de Sevilla, quien zarpó en 1499 como subalterno de Hojeda y cuyo mayor rango naval fue el de segundo contramaestre en una expedición que nunca navegó, se las arregló en su mundo de embustes para suplantar a Colón y bautizar la mitad de la Tierra con su nombre deshonesto.”

El editor de las cartas de Américo Vespucio en inglés, Sir Clements Markham, escribió en 1894: “La evidencia en contra de Vespucci es abundante y bastante concluyente. Su primer viaje es una fabulación. No puede ser absuelto de la intención de apropiarse para sí de la gloria de haber descubierto el continente. El imparcial y honesto [Bartolomé de] las Casas, tras sopesar cuidadosamente la evidencia, lo encontró culpable. Este veredicto ha sido y continuará siendo confirmado por la posteridad.”

En la Compton’s Encyclopaedia de 1985, publicada por una división de la Enciclopedia Británica bajo asesoramiento de la Universidad de Chicago, Américo Vespucio es descripto como “an unimportant Florentine merchant” (“un mercader florentino de poca importancia“).

Es así como hoy en día, diferentes organizaciones, comunidades e instituciones indígenas y representantes de ellas de todo el continente, han adoptado su uso para referirse al territorio continental, en vez del término “América”. Es por esto que el nombre de Abya Yala es utilizado en sus documentos y declaraciones orales. Como símbolo de identidad y de respeto por la tierra que habitamos.

¿Quién descubrió a quién?

Enrique Dussel, filósofo argentino radicado en México, ya había advertido que el denominado “descubrimiento de América” fue, en verdad, el encubrimiento de los pueblos que aquí habitaban. Si hubo un descubrimiento, fue el que los “indios” hicieron de los europeos. Abya Yala es entonces el redescubrimiento de América.

Los kuna habitaron la Sierra Nevada, en el norte de Colombia, y se expandieron hacia la región del Golfo de Urabá y las montañas de Darien. Viven actualmente en la costa caribeña de Panamá, en la comarca de Kuna Yala.

Abya Yala es entonces una designación de los pueblos originarios para su continente, habitado desde hace quizá 40.000 años, invadido por Europa desde hace poco más de 500 años y llamado “América” por primera vez en 1507 por el cosmólogo alemán Martin Waldseemüller.

Abya yala es resultado de un acuerdo entre los pueblos originarios porque la tierra que habitaban recibía nombres diferentes, como Tawantinsuyu, Anauhuac o Pindorama. Los originarios dispusieron esa denominación, ya usada antes por el sociólogo Xavier Albó, en la II Cumbre Continental de los Pueblos y Nacionalidades Indígenas realizada en Quito en 2004. En la III Cumbre Continental en Iximche, Guatemala, resolvieron mantener el uso de Abya yala y constituir un espacio permanente de enlace e intercambio con la finalidad de enfrentar las políticas de globalización neoliberal y luchar por la liberación definitiva de nuestros pueblos hermanos, de la madre tierra, del territorio, del agua y de todo patrimonio natural para vivir bien”.

En esta declaración, además del uso de Abya yala para referirse a América, se reafirma la voluntad de resistencia y enfrentamiento de las políticas neoliberales en nombre de la madre tierra, de su savia y de todo lo que implica el vivir bien.

Los pueblos originarios, con el despuntar del siglo, decantaron la idea de un nombre propio para el continente que habitan y se decidieron a superar el aislamiento mutuo en que viven desde 1492 con la llegada de los europeos.

Cuando llegaron los invasores europeos con cruces y arcabuces, caballos, armaduras, dios único, reyes y sobre todo afán vesánico de oro, había en este continente entre entre 60 y 90 millones de habitantes: maya, kuna, chibcha, mixteca, zapoteca, ashuar, huaraoni, guarani, tupinikin, kaiapó, aymara, ashaninka, kaxinawa, tikuna, terena, quéchua, karajás, krenak, araucano/mapuche, yanomami, xavante, entre otros.

El nombre de “indios” con que son designados con desprecio es una violencia simbólica ejercida a través del lenguaje. Deriva de la India, en el sur del Asia, el país que buscaban los invasores. Lo que al comienzo fue un error, se consolidó luego como una táctica de dominación.

Tanto como llamar “latinos” a todos los que están al sur del límite de los Estados Unidos con México, cuando hay aquí alemanes, polacos, rusos, árabes, judíos y originarios del continente, que nunca fueron latinos.

Ese nombre caracteriza en los orígenes a los habitantes de la zona de Roma, el Latium, y luego al imperio romano mismo y a su idioma, de que son descendientes tanto los ingleses y sus vástagos estadounidenses como los franceses, españoles e italianos.

“Latino” para referirse a los miembros del declinante imperio español en nuestro continente fue una designación buscada ex profeso por los franceses, con la idea de no llamarlo “hispano” y poder incluir a la propia Francia entre los herederos de España en Abya yala, sumando sus intenciones a las de los ingleses.

Identidad en reconstrucción

El nombre Abya yala es entonces parte de un proceso de reconstrucción de una identidad avasallada, dentro de un proceso de descolonización del pensamiento necesario y oportuno en momentos en que trata de imponerse un dominio mundial de la mano de la religión economicista neoliberal, propia de la clase comerciante convertida en hegemónica.

Posiblemente la elección de los kuna para dar el nombre del continente reconoce su carácter de pueblo indómito, capaz de enfrentar la violencia del conquistador para sostener su modo de vida y sus costumbres. Los kuna protagonizaron una revolución en 1925, cuando las autoridades pretendieron decidir cómo se debían vestir sus mujeres entre otras cosas, y reivindicaron su derecho a la autonomía en la Kuna Yala, Abya Yala implica que los pueblos originarios retoman su derecho a darse nombre, que en las culturas tradicionales es pasar a la existencia diferenciada, configurarse como ser, reconocer como propio un espacio con ríos, montañas, bosques, lagos, animales y plantas dotados también de nombre. Es América, será Abya yala.

De la Redacción de AIM.